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3. LA PELÍCULA DEL MAÑANA SERÁ UN ACTO DE AMOR
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truffaut |
La película del mañana
la intuyo más personal incluso que una novela
autobiográfica. Como una confesión o como un diario íntimo. Los jóvenes
cineastas se expresarán en primera persona y nos contarán cuanto les ha
pasado: podrá ser la historia de su primer amor o del más reciente, su
toma
de postura política, una crónica de viaje, una enfermedad, un servicio
militar, su boda, las pasadas vacaciones, y eso gustará porque será algo
verdadero y nuevo... La película del mañana será un acto de amor.
('Arts',
número 169, mayo 1957)
Hay que filmar otras cosas con otro espíritu. Hay que abandonar los
estudios
demasiado costosos (no son más que cuevas ensordecedoras, insalubres y mal
equipadas) para invadir las playas soleadas donde ningún cineasta (excepto
Vadim) se ha atrevido a plantar sus cámaras. El sol cuesta mucho menos que
los focos y los grupos electrógenos. Hay que rodar en las calles e incluso
en apartamentos de verdad; en lugar de colocar cinco espías patibularios
ante mugre artificial, como Clouzot, hay que filmar ante verdaderas
paredes
mugrientas historias más consistentes; si el joven realizador ha de
dirigir
una historia de amor, en vez de hacer decir a los intérpretes los diálogos
imposibles de Charles Spaak, debe recordar la conversación de anoche con
su
mujer o ¿por qué no? dejar que sus actores encuentren por sí mismos las
palabras que acostumbran a decir. El joven cineasta debe decirse a sí
mismo:
Les voy a dar a los productores una fuerza formidable; les he de probar
que
la verdad da ganancias, y que mi verdad es la única verdad: Quiero decir
que
el joven cineasta ha de convencerse que él no va a trabajar ni CONTRA los
productores ni CONTRA el público, sino que va a convencerlos,
sorprenderlos,
seducirlos, meterlos en su bolsillo. Hay que ser locamente ambiciosos y
locamente sinceros para que el entusiasmo de las imágenes se comunique
mediante la proyección y gane al público. Hay que partir del principio de
que toda transacción que se admita conduce a la seguridad y al
aburrimiento,
mientras que si uno filma, el público probablemente también lo amará.
Pero,
¿todo esto no es acaso evidente?.
('Cinestudio', número 40, 1965)
Para aportar más verosimilitud a la pantalla, la Nouvelle Vague había
suprimido los papeles secundarios. Esto era una injusticia para cierto
tipo
de cine, por ejemplo, el de Jacques Prévert. Privados de segundos papeles
buenos, las películas acababan siendo narcisistas.
('Cinématographe',
número
27, mayo 1977)
Creo que la Nouvelle Vague ha demostrado que se pueden hacer películas
inteligentes en completa libertad de espíritu y de medios materiales. Y
hemos demostrado, me parece, que en cine se puede hacer todo lo que se
quiera. La Nouvelle Vague ha terminado con los directores pretenciosos y
grotescos con viseras y abanicos.
('Film Ideal', número 92, 1962)
Si
nos remitimos a lo que la Nouvelle Vague significó al principio: hacer una
primera película de contenido bastante personal antes de los treinta y
cinco años, ¡pues bien!, ha mantenido todas sus promesas y ha suscitado
otros movimientos semejantes en casi todos los paises del mundo, lo cual
era inesperado. La Nouvelle Vague nació en 1959, y desde finales del 60
este< movimiento fue despreciado; tuvo cierto prestigio durante un año
para la opinión pública. El paso del elogio a la denigración estuvo
marcado por la película de La Patelliére y Michel Audiard 'Rue de
Prairies', que la publicidad presentaba como un film anti-Nouvelle Vague:
"Jean Gabin ajusta cuentas con la Nouvelle Vague". Ahí comienza la
demagogia, es decir, los periodistas que habían lanzando el movimiento han
decidido entregar al público los clichés que desean leer y nada más. Antes
de 'Rue des Prairies', cuando se nos entrevistaba, Jean Luc, Resnais,
Malle, yo mismo y otros decíamos: "La Nouvelle Vague no existe, no quiere
decir nada", pero desde ese momento yo reivindiqué mi pertenencia a este
movimiento. Hoy en 1967 es necesario sentirse orgulloso de haber
pertenecido a la Nouvelle Vague tanto como de haber sido juez durante la
ocupación. La Nouvelle Vague no tenía un programa estético, era
simplemente una tentativa por recuperar cierta independencia perdida hacia
los años 1924, cuando los films llegan a ser demasiado caros, un poco
antes del sonoro. En 1960 para nosotros hacer cine era imitar a D.W.
Griffith realizando sus películas bajo el sol de California, antes incluso
del nacimiento de Hollywood.
('Cahiers du Cinéma',
número 190, 1967)
Es evidente que la Nueva Ola -que nunca ha sido una escuela o un club-, ha
supuesto un importante movimiento espontáneo que rápidamente ha traspasado
nuestras fronteras y del cual me siento tanto más solidario cuanto que
deseé
vivamente su aparición.
('BONNAFOUS', François Truffaut, 1981)
(La Nouvelle Vague) ha sido una especie de rejuvenecimiento del cine y
este
rejuvenecimiento es hoy mundial.
('Dirigido por...', número 46, 1977)
Acabo de recordar un aspecto de la "política de autor" que había olvidado.
Era un concepto crítico o esencialmente polémico. Para algunos críticos
hay
películas buenas y malas. Pero yo tengo la idea de que no hay films buenos
y
films malos; hay simplemente directores buenos y malos (...) Por aquélla
época existía lo que se llamaba la tradición de la calidad francesa. Es
decir, en aquella época se presentaba en todas las grandes exhibiciones y
festivales un film que se describía inmediatamente como una película que
representaba la tradición de la calidad francesa. Estos filmes solían ser
el
resultado de un trabajo en equipo (grandes equipos). A menudo los dirigía
uno de aquellos directores que representaban la llamada tradición de la
calidad francesa. Encargaban a alguien famoso los decorados, a un gran
hombre la música, y año tras año obtenían los mayores éxitos, tanto
comerciales como críticos, con perjuicio de los films de autor, films
realizados por gente más formada, que preferían trabajar en una película
que
no se basase en una célebre novela, y que trabajaban de manera más
personal
e individual. Había por entonces cuatro o cinco directores franceses que
trabajaban de manera más personal: Jacques Tati, Robert Bresson, Max
Ophuls,
Jacques Becker y Jean Renoir. "La política de autor" fue un toque de
atención hacia el tipo de cine que podían hacer tales directores. Fue una
llamada para ampliar los conceptos cinematográficos. Pero
fundamentalmente,
la idea era que el hombre que tiene las ideas es el mismo que hace la
película. Siendo esto así, estoy también convencido de que un film se
parece
al hombre que lo ha hecho, aun cuando realicen el montaje los ayudantes.
Incluso tal film (¡cómo lo diría!) reflejaría profundamente, mediante el
ritmo y el paso, al hombre que lo hizo. Ahora cuando veo una película, lo
que trato de distinguir es si el hombre que la hizo estaba violento,
tranquilo, feliz, malhumorado; y lo veo escena tras escena.
(A. Sarris,
'Entrevistas con directores de cine', 1971)
Yo tengo probablemente una responsabilidad en la difusión de la idea del
cine de autor. Hoy esta expresión me parece vacío o por lo menos casi
vacía
de sentido y me molesta tanto como la de "dirección de actores". De toda
formas ya no miro las películas de la misma manera y no tengo ya ninguna
teoría. Ya no digo: "Estos actores están bien dirigidos" sino "Estos
actores
interpretan bien". Yo ya no digo: "Es una buena película" sino que digo
"Es
una bella película".
('Cinestudio', número 126, 1973)
¿Qué significa eso de "quiero ser un autor"? ¿Un autor que no lee ni
escribe? Las palabras ya no quieren decir nada; algunas palabras. O quizás
algunas palabras han hecho mucho daño. La palabra "comercial" lleva a
menudo
a una discusión gratuita, ya que el director más comercial de la historia
del cine también ha sido el más grande: Charlie Chaplin. La expresión
"dirección de actores", inventada por Rivette hace treinta años,
ya no significa nada. Me parece más sencillo decir que una película está
bien o mal interpretada. La expresión "cine de autor" ha perdido también
su significado. No veo ninguna incompatibilidad entre las películas de
"autor" y "profesión". Un autor debería poder escribir no solo para sí
mismo, sino también para los demás".
('Casablanca',
números 1 y 2, 1980)
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