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NO PUEDO HACER DIFERENCIA ENTRE LA VIDA Y EL CINE
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truffaut |
Siempre he preferido el
reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine
desde la edad de once o doce años, está claro que es porque prefiero ver
la vida a través de los libros y del cine.
('Téléciné',
múmero 160, 1970)
Un día de 1942,
impaciente como estaba por ver la película de Marcel Carné 'Les Visiteurs
du soir', que echaban por fin en mi barrio, en el cine Pigalle, decidí
faltar a la escuela. La película me gustó mucho, y esa misma tarde mi tía
que estudiaba violín en el Conservatorio, pasó por casa para llevarme al
cine. También ella había elegido 'Les Viseteurs du soir', y como por
supuesto yo no iba a confesar que la había visto, tuve que volverla a ver
disimulando para que no se diera cuenta. Fue exactamente aquel día cuando
caí en la cuenta de hasta qué punto puede ser emocionante profundizar más
y más íntimamente en una obra que se admira y llegar hasta hacerse la
ilusión de que uno revive su creación. Experimentaba una gran necesidad de
entrar dentro de las películas y lo conseguía acercándome más y más a la
pantalla para así abstraerme del resto de la sala. Desdeñaba las películas
históricas, las de guerra y los westerns porque resultaba más difícil
identificarse con ellas. Por eliminación no me quedaban más que las
policíacas y las de amor (...) Es comprensible pues, que me sedujera desde
el principio la obra de Alfred Hitchcock, consagrada por entero al miedo,
y después la de Jean Renoir, inclinada hacia la comprensión: "Lo terrible
de este mundo es que todos tienen sus razones" ('La regla del juego'). La
puerta estaba abierta y yo dispuesto a empaparme de las ideas y las
imágenes de Jean Vigo, Jean Cocteau, Sacha Guitry, Orson Welles, Marcel
Pagnol, Lubitsch, Charlie Chaplin, de todos aquellos que sin ser
inmortales "dudan de la moral de los demás" ('Hiroshima mon amour'). El
cine en este período de mi vida actuaba como una droga hasta el extremo de
que el cine-club que fundé en 1947 llevaba el pretencioso pero revelador
nombre de "Círculo cinémano". No era raro que viese la misma película
cinco o seis veces en el mismo mes sin ser capaz luego de contar
correctamente el argumento, porque, en un instante preciso, una música que
subía de volumen, una persecución en la noche, el llanto de una actriz, me
emborrachaban, me arrebataban y me arrastraban más allá de la película."
(Texto de 'Las
películas de mi vida', 1976)
...Por
entonces yo tenía once o doce años y lo que hacía era ir al cine mientras
mis padres se iban al teatro. Les engañaba. Sabía que si me iba a un cine
que estuviera cerca de casa podría meterme en la cama antes de que ellos
regresaran. Pero evidentemente, tenía miedo. Muchas veces me tenía que
marchar antes del final porque estaba nervioso, me latía fuerte el corazón
y tenía miedo de que me descubrieran; abandonaba el cine, me desnudaba y
me metía en la cama...
('Dirigido por...2,
número 81)
Puedo añadir que
el cine ha sido en mi adolescencia una clase de refugio; por ello le tengo
un amor casi religioso. No puedo tener por un hombre político el mismo
interés que por los cineastas que admiro, y creo firmemente que, en la
historia de Inglatera del siglo XX, Charles Chaplin es más importante que
Winston Churchil.
('Tay Garnett,
Portraits de cinéastes')
Mi juventud no
fue una vida de mártir pero tampoco fue feliz. Y encontré un inmenso
refugio en la literatura y en el cine. Naturalmente he cambiado a lo largo
de mi vida, pero no en lo esencial. Cuando era joven no me gustaban los
adultos, ni la vida social, ni la política. Y ahora sigo sin tener
relaciones con ese tipo de gente que quiere regir las vidas de los demás.
Continúo interesándome únicamente por el cine y la literatura. Son cosas
en las que no puedo cambiar. No puedo hacer otro tipo de películas que las
que hago. Yo creo que mi interés por la cultura era instintivo, ya que en
cuanto leía un libro quería saber el nombre del autor, miraba si había
escrito otros libros y procuraba leerlos. Son reflejos de autodidacta.
('Film ideal',
números 220-221,
1970)
No me gustan
los paisajes, ni las cosas; amo a las gentes, me intereso por las ideas,
los sentimientos. Si se me pregunta cuáles son los lugares que más me
gustan en mi vida diré que es el campo de 'Amanecer' de Murnau o la villa
del mismo film, pero yo no citaría ningún otro lugar que realmente haya
visitado, pues no visito nunca nada.
('Téléciné', número
160, 1970)
Yo nunca me
aburro. No puedo aburrirme porque leo periódicos, libros, veo la
televisión. En mi mesa siempre hay un montón de libros. Por consiguiente,
no puedo mostrar gente que se aburre, que no hace nada. Soy muy activo.
Soy un activista. El reverso es que no sé divertirme, no sé tomar
vacaciones, no sé estar sin hacer nada, no puedo pasar un día sin leer,
sin escribir. Por tanto, mis personajes son también así; necesariamente,
los personajes se< parecen a su autor.
('L'Express', número
883, 20 de mayo, 1968)
El cine, su
historia, su pasado y su presente, se aprende en la cinemateca. Sólo se
aprende allí. Es un aprendizaje perpetuo. Formo parte de esas gentes que
tienen necesidad de volver a ver sin parar las viejas películas, las
mudas, las primeras habladas. Paso mi vida en la Cinemateca, salvo cuando
estoy ocupado en mi propio rodaje. He venido a vivir a un piso de
Trocadero porque está al lado de la Cinemateca.
('Las películas de mi
vida', 1976)
Desde ese día
de 1948 en que Bazin me proporcionó mi primer trabajo interesante, es
decir, ligado al cine, junto a él en 'Travail et Culture', se convirtió de
alguna manera en mi padre adoptivo y puedo afirmar que le debo todo lo
bueno que me ha ocurrido desde entonces. Bazin me enseñó a escribir,
corrigió mis primeros artículos en 'Le cahiers du Cinéma', progresivamente
me llevó hasta la dirección. Cuando falleció, el día 11 de noviembre de
1958, yo había empezado, precisamente la víspera, el rodaje de mi primera
película, 'Los cuatrocientos golpes'. De esta primera película sólo llegó
a leer el guión que naturalmente le dediqué.
(Prólogo a 'El
cine de la crueldad', de Bazin)
Hace tiempo
una mañana de domingo, la televisión emitió en el programa 'La secuencia
del espectador' una escena de 'Besos robados' en la que participaban
Jean-Pierre Léaud y Delphine Seyrig. Al día siguiente entré en una taberna
en la que nunca había estado antes, junto a la estación de Saint-Lazare y
me dijo el dueño: "Yo le conozco a usted, ayer le vi en la televisión".
Es, por supuesto, evidente que no fue a mí a quien vio en la pequeña
pantalla, sino a Léaud interpretando el personaje de Doinel. Pedí un café
muy concentrado, el hombre me lo sirvió y estudiando más de cerca y más
atentamente mi rostro añadió: "Esa película la hizo hace tiempo, ¿no?. Era
usted más joven". Cuento esta anécdota porque ilustra bastante la
ambigüedad y al mismo tiempo la ubicuidad de Antoine Doinel, ese personaje
que es la síntesis de dos personajes reales: Léaud y yo. Se
presentaron unos sesenta muchachos e hice pruebas en 16 mm. con dos de
ellos; les hacía preguntas bastante sencillas puesto que mi objetivo era
encontrar un parecido más moral que físico con el niño que yo creía haber
sido. Antoine Doinel no es lo que se llama un personaje ejemplar, es
astuto, tiene encanto y abusa de él, miente mucho y disimula más, solicita
más amor que el que está dispuesto a dar; no es el hombre en general sino
un hombre en particular. Añadiré únicamente que Jean-Pierre Léaud es el
mejor actor de su generación y que sería injusto olvidar que Antoine
Doinel es, para él, más que uno de los personajes que ha interpretado, uno
de los dedos de sus manos, una de sus costumbres, uno de sus compañeros de
niñez.
('Les
adventures d'Antoine Doinel', 1970)
Para mí, las
películas de Antoine Doinel son un poco como un carnet de notas, no pongo
nada que no conozca. Transcurren en el París que he vivido de pequeño, los
personajes son amigos míos. Si Doinel, por ejemplo, trabaja coloreando
flores de plástico, es porque conocía a alguien que lo hacía. De esta
forma voy construyendo estas películas.
('Nuestro
cine', números 103-104, 1970)
Quizá mi
infancia ha sido en muchos aspectos igual a la de Antoine Doinel en 'Los
cuatrocientos golpes'. Realmente no puedo hacer diferencia entre vida y
cine, en lo que a mí respecta. Y en 'Los cuatrocientos golpes' había poco
engaño y mucha sinceridad: era mi primer film. Pero, en general, no quiero
que mis películas muestren ni siquiera el amor que tengo por el cine.
('Cinestudio',
número 96, 1971)
Las aventuras
de Antoine Doinel, posteriores a 'Domicilio conyugal', se encuentran más o
menos indirectamente en 'Tirez sur le pianiste', 'La piel suave' o 'La
sirena del Mississipi'. En interés de Jean-Pierre Léaud, de Doinel y en el
mío propio, no se volverá a oír hablar de Antoine Doinel en la pantalla.
('Cinestudio',
número 126, 1973)
'La noche
americana' gira en torno a la pregunta: "¿Es el cine superior a la vida?",
sin darle respuesta porque no la hay, como tampoco la hay para: "¿Son los
libros superiores a los films?". Sería lo mismo que preguntar a un niño si
prefiera a su padre o a su madre.
('La noche
americana', 1974)
Un film es una
cosa viva. No soy de los directores que se atienen a lo que hay escrito.
Mis películas cambian enormemente durante el rodaje. Lo que quieren decir
verdaderamente mis películas lo he descubierto después... Descubro su
significación después de finalizar, pues tengo una creación espontánea,
instintiva, apenas intelectual.
('Cinématographe', número 3, 1973)
Creo que
siempre me interesará el terreno afectivo, es decir, todo lo concerniente
a los sentimientos: las relaciones de los padres con los hijos, las
relaciones de enamorados y de personas que se quieren. Nunca haré una
película puramente de acción ya que no soy un fanático de esto.
Siempre me interesarán los sentimientos, pero respetando las leyes del
espectáculo. No hago mis películas pensando en un público intelectual; son
películas para todo el mundo, creo. Son películas que pretenden ser
populares; intentan interesar al espectador por cosas pertenecientes al
ámbito de los sentimientos, de las emociones y de la afectividad.
('Dirigido
por...', número 46)
Las películas
son más armoniosas que la vida, Alphonse. No hay atascos en los films, no
hay tiempos muertos. Las películas avanzan como los trenes, ¿comprendes?,
como los trenes en la noche. Las gentes como tú, como yo, lo sabes bien,
estamos hechas para ser felices en el trabajo... en nuestro trabajo de
cine.
('La noche
americana')
Yo sólo
funciono por sensaciones, por cosas ya comprobadas. Es por esto que mis
films están llenos de recuerdos de juventud.
('Cahiers du Cinéma',
números 200-201, 1968)
Existe una contradicción entre la vida y el
espectáculo. La vida va hacia la degradación, la vejez y la muerte; el
espectáculo va hacia lo que yo llamaría exaltación. ¿En un espectáculo
circense, no se ordenan acaso los números en orden ascendente? Si se
aplica a un film la curva ascendente se respeta la ley del espectáculo,
pero se le hace una trampa a la ley de la vida, y a la inversa. Creo que
si se es consciente de esta verdad, hace falta sostener un combate para
respetar la ley de la vida y la del espectáculo. Pero combate no significa
compromiso. Es cuestión de encontrar el fin justo y justamente el que hace
falta.
('Nouvel
Observateur', número 200)
Los que han
visto todos mis films han encontrado siempre constantes subterráneas. En
todo caso nunca tengo dudas antes de hacer una película en cuanto a la
línea que debo seguir. Las constantes son secretas; por ejemplo, un
personaje central mío jamás debe decir exactamente lo que piensa, las
cosas no deben ser directas. Creo que nunca ha habido un "te amo" en mis
películas. Las situaciones de un film a otro pueden ser diferentes, pero
creo que los personajes que muestro y su idea de la vida son constantes.
('Cahiers du
Cinéma', número 190, 1967)
No conozco el
problema de la búsqueda de temas. Tengo más proyectos de películas que
tiempo para realizarlos. No tengo nada que decir, pero tengo mucho que
mostrar; por ejemplo, acerca de las madres, la mía y la de los demás. Al
principio me sentía atraído por los niños, porque he sufrido al ser hijo
único. Esta atracción ha sido una suerte porque me ha evitado el riesgo de
copiar a los directores que admiro... Y además de los niños, están las
mujeres; en fin, el amor que hace su aparición en 'Tirez sur le pianiste'.
Después de 'Jules et Jim', cada una de mis películas nacía con la idea de
contradecir o completar uno de mis films anteriores, lo que ha creado unos
ciclos o grupos de los que no siempre he sido consciente, excepto en lo
que respecta a Antoine Doinel, evidentemente. 'Las dos inglesas y el amor'
es una respuesta a 'Jules et Jim', que no encontraba suficientemente
física. 'La chambre verté' es una prolongación de 'Adela H.' que no era lo
bastante vibrante. Lo que hacemos es un reflejo de nosotros mismos, menos
logrado cuando nos cuesta trabajo, mejor cuanto tenemos suerte. Me
irritaba Bazin cuando afirmaba: "En tal película, la mayonesa ha salido
bien". Yo le contestaba: "¡Pero vamos, las películas no son mayonesas!".
Hoy pienso como Bazin..
('Casablanca',
números 1 y 2, 1980)
Habitualmente
mis temas de las películas están alejados de las modas; toco temas en los
que nadie piensa.
('Cinematographe', número 3, 1973)
Yo no muestro
nunca gentes que nadan, esquían o bailan, pues no sé ni nadar, ni bailar
ni esquiar y no entiendo nada de deportes. Entonces, para elegir a mis
personajes y procediendo por eliminación, trabajo con lo que queda: las
historias de amor y las historias de niños. Un realizador se puede
comparar a un capitán de un barco a la deriva. Hago mío ese slogan bien
conocido: "Las mujeres y los niños primero".
('Tay Garnett,
Portraits de cinéastes', 1981)
Digamos que el
filón no es autobiográfico sino biográfico a grandes rasgos.
Afortunadamente, mi reserva de recuerdos es inagotable. Salen en el
momento más oportuno cada vez que los necesito. He notado que cuantos más
años tenemos, más nos vuelven los recuerdos, sobre todo los que están
ligados a nuestra adolescencia.
('Casablanca',
números 1 y 2, 1980)
Tengo
necesidad de identificarme, de decirme, yo he estado en circunstancias
como ésta, o yo podré estar en circunstancias como ésa. Necesito este
criterio para trabajar. Trabajo mucho con material real, pero de ese
material el veinte por ciento es autobiográfico, otro veinte por ciento lo
tomo de los periódicos, otro veinte por ciento de la vida de las gentes
que conozco, y otro veinte por ciento ficción pura.
('Téléciné',
número 128, 1966)
Se va a hacer
entrevistas en la calle... por los restaurantes con un casette y se
pregunta a las gentes sobre lo que estamos trabajando: Al corazón del
corazón humano.
('Téléciné', número 160, 1970)
La parte
autobiográfica de mis films, realmente no la puedo declarar, no la puedo
señalar, porque no soy totalmente consciente y porque soy algo hipócrita y
me oculto tras estos films, procuro no hablar en primera persona. El
resultado, por tanto, no es claro. ¿Es cierto o es inventado lo que allí
ocurre o le sucede a Jean-Pierre Léaud o a mí? Es lo mismo. Digamos que
hay elementos variados de la vida real.
('Cinestudio', número
96, abril 1971)
No considero a
ninguno de mis films como un caso aparte, ni siquiera 'Una chica tan
decente como yo' que puede ser el más conseguido, coherente y
complementario de otros. Nunca he hecho un film de encargo, ni una
película publicitaria, ni nada que me haya sido sugerido del exterior.
Esta no es una regla absoluta, pero hasta el presente todos mis films han
sido elegidos. Desde este punto de vista, yo les doy una igualdad
absoluta, no les jerarquizo.
('Cinématographe', número 44, 1979)
Me doy cuenta
de que estoy alejado de las evoluciones estéticas, ya que no puedo hacer
absolutamente nada que no sienta profundamente. He tenido la suerte de
rodar solamente los proyectos que me interesaban y de hacerlos libremente.
yo creo que uno está perdido cuando emprende proyectos que no se le
parecen, en todo caso yo lo estaría. Tengo fama de que me gustan películas
muy diferentes, y efectivamente, puedo comprender, un poco como Rivette,
toda clase de películas y amarlas, películas a las que no se las encuentra
ninguna relación con las que yo deseo hacer; los que no me gustan son los
films de apariencia, detesto profundamente el esnobismo y su hermano
gemelo la exageración, y esto vale para 'Modesty Blaise',
'Trans-Europ-Express' pasando por 'Polly Maggoo', 'Anna', 'Help!', 'Pusy
Cat', 'Privilège', 'Dragées au Poivre', 'A coeur Joie', los westerns de
Mekas, todo lo que da la impresión de estar repleto de ideas cuando no
tiene ni una, todo lo que parodia e intenta hacer el astuto, epatar a las
gentes con el montaje corto, el zoom y la aceleración. Es éste un cine
miserable, porque el director por su intención de mezclar los papeles
espera escapar del juicio crítico. Esa actitud se parece a la de los
neoyorquinos que compran rollos de papel higiénico en los que se han
impreso falsos dólares creyendo demostrar su desprecio por el dinero. En
realidad nadie se limpia con verdaderos dólares, por eso es inútil
aparentarlo. Compremos papel blanco y contemos nuestras historias
normalmente, asumiendo el riesgo de verlas analizadas, desmenuzadas,
criticadas. Espero quedar libre de toda esa pseudo-fantasía.
('Cahiers du Cinéma',
número 190, 1967)
No se puede
poner un final optimista, porque la vida no es optimista; tampoco se puede
poner un final pesimista, porque sería un desastre comercial. Es necesario
un final que incluya los dos. De ahí el final de 'Los cuatrocientos
golpes' y el de casi todas mis películas. Hago finales ambiguos, siempre
pensando un poco en Chaplin. Es su idea de marchar por la carretera y
cruzarse con los policías, es la idea de la libertad amenazada. Creo que
es la verdadera solución.
('Film Ideal,
números 220-221, 1970)
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