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1926-1938

el
enemigo de las rubias
el ring
la mujer del granjero
la muchacha de londres
el número 17
el hombre que sabía demasiado
39 escalones
sabotaje
inocencia y juventud
alarma en el expreso
1940-1951

rebeca
enviado especial
sospecha
la sombra de una duda
náufragos
recuerda
encadenados
la soga
atormentada
extraños en un tren
1953-1964

yo
confieso
crimen perfecto
la ventana indiscreta
atrapa a un ladrón
vertigo
con la muerte en los talones
psicosis
los pájaros
marnie la ladrona
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F r a n ç o i s T r u f f a u t
Prólogo a la edición definitiva de "El cine según Hitchcock"
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truffaut |
Hoy,
la obra de Alfred Hitchcock es admirada en todo el mundo y los jóvenes que
descubren por vez primera Rear Window (La ventana indiscreta), Vértigo, North
by Northwest (Con la muerte en los talones) en la onda de las reposiciones,
creen que siempre ha sido así. Pero no es éste el caso, nada más lejos.
En
los años cincuenta y sesenta, Hitchcock se encontraba en la cima de su
creatividad y de su éxito. Famoso entonces por la publicidad que le había
asegurado David Selznick en el transcurso de los cuatro o cinco años de
contrato que los unía, colaboración subrayada por obras como Rebeca,
Spellbound (Recuerda), The Paradine case (El proceso Paradine), Hitchcock se
hace mundialmente célebre en tanto que produce y dirige la serie de emisiones
televisivas «Suspicions» (Sospecha), después «Hitchcock presenta», hacia la
mitad de los años cincuenta. Este éxito y esa popularidad, la crítica
americana y europea iba a hacérselo pagar examinando su trabajo con
condescendencia, denigrando un film tras otro.
En
1962, encontrándome en Nueva York para presentar Jules y Jim, me di cuenta de
que cada periodista me hacía la misma pregunta: ¿Por qué los críticos de
Cahiers du Cinéma toman en serio a Hitchcock? Es rico, tiene éxito, pero sus
películas carecen de sustancia. Uno de esos críticos americanos, a quien yo
acababa de hacerle el elogio, durante una hora, de Roar Window (La ventana
indiscreta), me respondió esta barbaridad: A usted le gusta Rear Window (La
ventana indiscreta) porque, no siendo habitual de Nueva York, no conoce bien
Greenwich Village. Le respondí: Rear Window (La ventana indiscreta) no es una
película sobre la ciudad, sitio, sencillamente, una película sobre el cine. Y
yo conozco el cine.
Regresé
a París turbado.
Mi
pasado de critico era todavía muy reciente, yo no me había liberado de aquel
deseo de convencer que era el punto común de todos los jóvenes de Cabiers du
Cinéma. Entonces pensé que Hitchcock, cuyo genio publicitario solo tiene
parangón con el de Salvador Dalí, había sido finalmente la víctima, en
América, al lado de los intelectuales, de tantas entrevistas superficiales y
deliberadamente dirigidas hacia la burla. Contemplando sus films era evidente
que este hombre había reflexionado sobre los medios de su arte más que ningún
otro de sus coetáneos y que, si por vez primera aceptaba responder a un
cuestionario sistemático, podría resultar de ahí un libro capaz de modificar
la opinión de los críticos americanos.
Ésta
es toda la historia de este libro. Pacientemente puesto a punto con la ayuda
de Helen Scott cuya experiencia editorial fue decisiva; nuestro libro, creo
que puedo decirlo, esperaba su salida. Mientras aparecía, un joven americano,
profesor de cine me predijo: Este libro hará mas daño a su reputación en
América que su peor película. Felizmente, Charles Thomas Samuels se equivocó y
se suicida uno o dos años más tarde, creo que por otras razones. En realidad,
los críticos americanos prestaron a partir de 1968 más atención al trabajo de
Hitchcock Una película como Psicosis está considerada hoy por ellos como un
clásico y los cinéfilos más jóvenes adoptaron definitivamente a Hitchcock sin
verse obligados por su éxito, por su riqueza y por su celebridad.
Mientras
que yo grababa estas entrevistas con Hitchcock en agosto de 1962 en el
Universal City, él terminaba los trabajos de montaje de Los pájaros, su
película número cuarenta y ocho. Me llevó cuatro años descubrir las bandas
registradas, y sobre todo, reunir la iconografía, lo que me llevaba, cada vez
que me encontraba con Hitchcock, a interrogarle con el fin de actualizar el
libro que yo llamaba el hitchcock. La primera edición, publicada hacia finales
de 1967, llega hasta La cortina rasgada, su película número cincuenta. Se
encontrará, al final de esta edición, un capitulo suplementario incluyendo
reseñas sobre Topaz, Frenzy (su último éxito relativo), Family Plot y
finalmente The Short Night, película que preparó y elaboro sin cesar como si
de nada se tratara, mientras que todo su medio sabia que su película número
cincuenta y cuatro quedaba fuera de todo cuestionamiento, pues su estado (le
salud y su moral se habían derrumbado. En el caso de un hombre como
Hitchcock que sólo había vivido por y para su trabajo, un paro de actividad
significa la la muerte. El lo sabía, todo el mundo lo sabia, y por eso los
cuatro últimos años de su vida han sido tan tristes.
El
2 de mayo de 1980, algunos días después de su muerte, se dio una misa en una
pequeña iglesia del Boulevard de Santa Mónica en Beverly Hills. El año
anterior, en la misma iglesia, decíamos adiós a Jean Renoir. El ataúd de Jean
Renoir estaba delante del altar. Estaban la familia, unos amigos, unos
vecinos, unos cineastas americanos y unos simples curiosos. Para Hitchcock,
eso fue diferente. El ataúd no existía, había tomado un destino desconocido.
Los invitados, convocados por telegrama, eran apuntados y controlados por el
servicio de Orden de la Sociedad Universal. La policía hacia circular a los
curiosos. Era el entierro de un hombre tímido y que llegó a intimidar quien,
por una vez, rechazaba la publicidad porque no le podía ya servir para su
trabajo, un hombre que se habla entrenado desde la adolescencia para controlar
la situación
El
hombre había muerto, pero no el cineasta, porque sus películas, realizadas con
un cuidado extraordinario, una pasión exclusiva, una emotividad extrema
enmascarada por una maestría técnica poco frecuente, no dejarían de circular,
difundidas por todo el mundo, rivalizando con las producciones nuevas,
desafiando el paso del tiempo, comprobando la imagen de Jean Cocteau cuando
habla de Proust: «Su obra continuaba viviendo como los relojes de pulsera de
los soldados muertos».
François
Truffaut
"El
cine según Hitchcock"
Alianza
Editorial LP 7001
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